31.12.07

rutinas

Ah, no me quería olvidar. Hubo la peña de fin de año en la plaza, hace dos días. Palco, una sola luz prestada de la cancha de fútbol, puesto de choripanes y asientos de plástico. La plaza es única en su género: un cuadrado casi vacío con un centro de cemento, un mástil bien espartano, y un borde de cipreses y palmeras que ya son una escenografía en sí mismos. El repertorio fue el de siempre: una larga cadena de números de danza intercalados con recitados de poesía y de ese folclore insoportable que inauguraron Los Nocheros, Luciano Pereyra y Cía. (¿será obra de la CIA?). Se destacaron sin embargo dos cosas: un dúo de padre e hijo, los Machado, que subieron con todo; el padre es un guitarrista modesto, sin mucho virtuosismo, pero el niño tiene una voz áspera y cálida, de púber, que acompaña con un bombo que casi lo aplasta, y le hizo una dedicatoria preciosa “a todas las chicas de Saira”, pateando así el tablero del orgullo local. Y luego, cuando mis piernitas me alejaron en busca de reposo, empecé a oír una voz de hombre absolutamente maravillosa, cantando a capella y haciendo unos falsetes que, mamá dixit, son imitación del mexicano Miguel Aceves Mejía. A mi me recordó una escena de Mulholland Drive, cuando una mujer canta la versión castellanizada de “Crying”, una de las canciones más conmovedoras de Roy Orbison.
El cantante se llama Papazón, y lo dejamos ahí puesto que en este reino del alias, el nombre en el DNI es lo de menos. Siempre trabajó como pintor de obra, pero su vocación es el canto, evidentemente; y es epiléptico, lo cual en algunos casos le juega en contra interrumpiendo su programa que consta de tres boleros, siempre los mismos. Todas las veces se arrima mansamente y se invita sólo, desde hace tres o cuatro décadas. El resto del año, no aparece casi nunca.
Desde el cantero de la casa de mi madre veía la escena de perfil, la gente rodeaba el escenario como festoneando el cráter que esa voz estaba cavando, y que subía al cielo negro, vacío, y se desparramaba en capas como las olas expansivas de una bomba.
Una taxonomía estricta y acartonada que insiste, después de un momento así, en la idea de que el verdadero, el auténtico folclore es todo lo otro, no hace otra cosa que enseñar el camino de la obligación, ese infalible enemigo del sentido. Y de la belleza.

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