Todos los 1° de diciembre de mi infancia y adolescencia consistieron en ése baño de sol inaugural que nos dejaba escocidos como pollos en agua caliente. Caía la piel y volvíamos a empezar. Ahora hay dos piletas de natación en el pueblo, pero eso no siempre fue así. Mi madre conoció los tiempos de los tanques australianos, verdes, resbalosos, de agua espesa y pestilente. Todavía recuerda que el día que se abrió la pileta del Club San Carlos, ella y su amiga, la Gringa, llegaron una hora antes a la puerta, para no perderse un solo minuto de tal maravilla de la civilización. Probablemente fue una de las primeras personas en tirarse, pese a que su familia era acérrima fanática del Club Progreso. En cambio un recuerdo colectivo es el de las lastimaduras que el piso de cemento inacabado, lleno de agujeros filosos, nos hacía en los pies, que salían sangrando todas las veces. El agua de la zona, que era de perforación, siempre reaccionaba mal al cloro, volviéndose completamente turbia. Por pura gestalt intuitiva la coloreaban de azul, para que diera menos miedo. Yo aprendí a nadar ahí y atravesé también mis primeras tormentas hormonales bajo la sombra escasa de los paraísos siempre empestados. Hasta el día de hoy tengo un sueño recurrente que ocurre en una gran pileta profunda, donde hay mucha gente escenificando pequeñas acciones subacuáticas, como en la escena paródica de los Spaghetti Westerns que aparece en “Top Secret”. De hecho, hubo un chico que me rompió el corazón de manera lenta y agónica durante varios veranos, y se parecía mucho a Val Kilmer. Era así de fanfarrón también. Como sea, en esos sueños todo tiene la lentitud del agua, la iluminación quebrada y la maravillosa sensación de una vida comunitaria intensa, donde todo se entrelaza en una coreografía pausada y absurda. Hace unos años abrió el natatorio del Club Progreso y los socios, no sé si por ganas o lealtad, tuvieron que repartirse. Ésta es más bonita, más limpia y, como en el pueblo ya hay agua de red, desapareció la opacidad que escondía los juegos que ocurrían por debajo. Algo de ésa belleza del verano se fragmentó para siempre.