6.1.08

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Ella no es tosca ni autosuficiente, no. Pertenece a otra era de perros, ahora que se compran. No tiene la calle de sus predecesores en el barrio: Jasper, el perro fino que unos parientes terminaron por mandar desde la ciudad, hartos de cuidarlo, un Airedale Terrier que iba a las peluquerías del Cerro pero acá se volvió un solo bollo de pelo, gozando de revolcarse en el barro de la plaza después de sus infrecuentes baños –finalmente primó el hábito de esquilarlo. Todavía me pesa recordar cómo lo dejamos morir sin cuidados, niños ingratos, a él que era capaz de ponerse a ladrar en la ventana de mis padres si mi hermanito lloraba por la noche. La mañana que murió, la Tía Gorda, con su practicidad castrense, levantó el cadáver tieso y lo metió en una bolsa de plástico. Culpa eterna. O la Peca, una perra de caza absolutamente dotada y veleidosa, capaz de proezas legendarias en esas excursiones al monte y también de alguna torpeza que espantaba todos los patos y liebres a cinco km a la redonda. Le gustaba mucho el sexo, parece. A nosotros nos gustaban sus hijitos mezclados, verlos nacer, esperar con ansias que nos dejara tocarlos, verlos mamar y luego sentir el olor dulce en sus hocicos, ella miraba con unos ojos resignados de mujer con la libertad robada. Una vez lloramos su desaparición por dos semanas hasta que la vimos doblar una esquina, frente al Club Progreso, seguida de una manada de perros de todos los tamaños y colores, que seguían los potentes efluvios de su celo coqueto. La vimos morirse de viejita, dando vueltas desparejas y ciegas alrededor de un árbol del patio. Donde la enterramos hay ahora un limonero pequeño. La Pampa, simpática a pesar de ser un ovejero alemán, era de mis tíos vecinos. Era peluda, brutal y tierna, nunca procreó, que yo recuerde, y partió sin pena ni gloria. Pelito era de una especie histérica y ladradora, de pelo y ojos brillantes; cuando nos estábamos acostumbrando a su temperamento lo pisó una chata que escapó al mejor estilo muchacha de Zona Norte que atropella a un chico en Av. del Libertador. A mi hermano, que desde que lo mordió en la cara el Collie de una niñera puede hablar con los perros, eso le desencadenó un episodio de asma tan violento y triste que un primo llegó rápido, como una enfermera, a traerle a Cacho. Era el cachorro de Isabel, mascota heredada de un famoso bichero del pueblo, el Adán Vergara, cazador de iguanas y otras alimañas sabrosas. Cachito debe tener genes que no son solamente perrunos, porque realmente ese pelo, esas proporciones, esa testarudez… Tuvo un carácter adolescente tan indómito que lo mandaron al campo, que es la colimba de Noetinger. Pero empezó a volverse sólo, tanto y tan heroicamente que al final lo dejaron quedarse. Con el tiempo se convirtió en un personaje del pueblo, y protagonizó un hecho policial la noche que entró en pandilla a matar unas gallinas en la casa de una señora. En la fuga, quedó atrapado en el tejido y lo metieron preso. A la mañana siguiente los policías lo soltaron y lo siguieron hasta, claro, la casa de mi madre, que tuvo que pagar una abultada cuenta por los animales muertos.
Y entonces, cuando ya nos habíamos ido todos, llegó Teté. Mejor dicho, primero Cocó, que se enfermó en Buenos Aires y el capítulo de su muerte, en una veterinaria de Boedo, querría borrarlo de mi mente para siempre. Pero Cocó sembró un gusto por los caniches. Y Teté fue una sucesora interesante. Fuera del hecho de que no quiso ladrar hasta los seis meses, todo lo demás se ha desenvuelto en su vida con calma y gracia. Sus rulos, su carácter alegrísimo, sus hábitos alimenticios lo más remilgados, y su gusto por ser acariciada, son todas cosas de caniche. Más inclasificable es su forma de mirar, como una princesa rusa en el exilio. O la manera en que saca la cabeza por la ventanilla del auto, para que el viento le vuele las orejas. O su miedo a la tortuga. O la forma de estar dormida y despierta a la vez, anticipando el gesto de una mano que le toca la cabeza, con una rapidez de karateca. A la hora de la siesta languidece, se le ponen calientes las almohadillas de las patas y la nariz. Hacia la tardecita revive y salta por todos lados. Entonces parece un conejo; si está sucia, una oveja y si se moja, un cabrito serrano. Teté parece, la mayoría de las veces, cualquier cosa menos un perro.

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