7.11.07

reglas de juego


Entonces ellos habían nacido aquí, pero sus padres no, todos venían de algún otro lugar. De Zaragoza, de Catalunia, de Berlín, de Gascuña, de algún rincón de Suiza, de Oviedo, de Amioun, una pequeña aldea del Líbano. De ese tipo de vida rural que se extinguió a lo largo del siglo XX, como cuenta Berger, y así también vivieron en Argentina, más o menos hasta la década del ´40 y ´50. Si el cambio fue fácil o difícil, quizás no habría que apresurarse a concluir la respuesta más a mano. Una vez, en Villa Crespo, me fui a depilar a una peluquería del barrio y me atendió una mujer rusa que me fue contando su llegada a la Argentina en los ´90. Vivía en Congreso, trabajaba 14 horas por día, y tenía una hija que iba al secundario y en sus horas libres también trabajaba en la peluquería. De hecho conversaban en ruso a través del tabique. La piba era habitué de Metrópolis y hacía un tiempito habían traído a la abuela a vivir con ellas. La mamá tenía un novio y me dijo que era bárbaro, como le parecía que eran los hombres argentinos en general, porque no tomaba tanto y porque era cariñoso con ella. Hablaba un español perfecto, lo había aprendido trabajando. Le pregunté si alguna vez pensaba en volver. Me dijo que ni loca. No sé si las historias pueden ser comparadas pero ahora la conecté con mi tatarabuela Futin (o Fausta, como la rebautizaron acá) que partió del Líbano con su pequeña hija, Skandra, y sus dos hermanos, junto a un grupo de personas que querían llegar a América. En Marsella, la mitad de la gente decidió volverse. En Brasil, otro pequeño grupo se desprendió. En la Argentina mataron a uno de los hermanos de Futin, y el otro vivió unos años en Santa Fe y luego decidió volverse. Futin quedó viviendo en Diamante, una pequeña ciudad a la vera del río Paraná, en el predelta entrerriano, un lugar bellísimo. Sin embargo, cuando pude conocer la casa de piedra que había dejado, con la vista al pueblo y los olivares, probablemente a la edad que yo tengo ahora, o más joven, incorporé al rompecabezas la imagen inexistente de la despedida. Quizás la dureza de esa vivencia se veía compensada por la fatalidad de la acción. Una vez en marcha, no quedaba ya mucho margen para la duda. Se podía, a lo sumo, volver, pero todas eran decisiones unitarias, irreversibles, que se tomaban de una vez y para siempre.

Un anónimo dejó un mensaje equívoco en el post de “gema”. Supongo que es alguien que no termina de entender la magnitud de las fuerzas que nos mueven, nos sacan o nos ponen en los lugares. Y menos entenderá, aún, que el pasado es un sueño del que hay que despertar (W.B. dixit) para ser más libres. Más me asombra pensar que, aunque no estemos de acuerdo en cuanto a la necesidad de estudiar las minúsculas ruinas que quedan como documentos de una época y de una clase, seguramente compartimos una masa enorme de recuerdos colectivos, que bajaron con la leche. Pero algunos tuvimos suerte y nos tocó la mamadera –pues la nuestra es una generación de leche en polvo y puré chef- que no traía cinismo.

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