
"Cuando Félix volvió a la granja aquella noche, se sorprendió al ver un coche con los faros encendidos aparcado delante de la casa. Entró apresuradamente. El médico del pueblo de al lado estaba en la cocina lavándose las manos en el fregadero. La puerta del Cuarto de Enmedio estaba cerrada. Si por la mañana no se ha producido ninguna mejoría, tendremos que ingresar a su madre en el hospital, dijo el médico. (...) Los vecinos vinieron a visitarla y le trajeron peras, vino de nuez y una tarta de manzana. Albertine les repetía que sólo necesitaba agua. Dejó de comer. Cogía todos los mensajes que querían darle, rezaba con ellos por todo lo que ellos creían necesitar, los bendecía, pero no aceptaba ni piedad ni competencia. Sería la siguiente en irse.
Al más viejo de los hombres, le susurró: intenta encontrarle una mujer.
No es como en nuestros tiempos. Hoy ya nadie quiere casarse con un campesino."
John Berger, Una vez en Europa (1983), Ed. Suma de Letras, Buenos Aires, 2001