14.11.07

Dos situaciones

En la misma semana me pasaron dos cosas opuestas en relación a “lo profesional”.
Una es que, después de un proceso de dos meses, el MACRO de Rosario finalmente oficializó su invitación a formar parte de su colección de arte contemporáneo. Para ello, un equipo de trabajo se reunió, vio todo mi laburo, discutió y consensuó una elección. La propuesta incluye un trámite de papeleo de lo más prolijo, un contrato para efectivizar la donación y pago de los gastos (pues, como muchos museos públicos, carece de un presupuesto para la compra de obras). Además el museo arma un archivo con toda la información posible sobre la obra y el artista, cosa que es beneficiosa para las dos partes y genera una situación de dignidad en la que cada uno puede armar el relato de su propio trabajo en un contexto de respeto. Efusivamente dije que sí.

La segunda: me llamaron del Museo Provincial Caraffa, de Córdoba, para invitarme a mostrar en la inauguración del edificio nuevo y el complejo del palacio Ferreyra, etc. etc. (una obra pública monumental, y muy polémica en Córdoba). La idea era que yo mande y costee el envío de mi trabajo, con toda la urgencia posible, porque la muestra empieza dentro de 15 días. Como hago video pregunté cuáles serían las condiciones de exhibición. Sería(n): un plasma donde se mostrará todo el video de varios artistas en un choclo.
Criterio curatorial: la mayor cantidad posible de artistas cordobeses.
Actitud: improvisación.
Con lo cual se concluye que los albañiles que revocaron las paredes del museo han recibido un trato comercial más digno que los artistas invitados (no tiene por qué ser lo contrario, pero sí lo igualitario). Hay mil cosas para discutir y desglosar de esta situación. Pero para resumir la más evidente, podemos empezar por decir que en situaciones así se revela el carácter altamente ornamental, efímero y descartable del arte y sus productores.
Dije suavemente que no. Ya trabajé prácticamente gratis para ese museo durante tres años, cobrando un sueldo miserable por una tarea altamente calificada como era investigar y escribir sobre la colección permanente que hoy “adorna” las paredes del Palacio Ferreyra. Creo que fue un aporte suficiente.
Estas dos estrategias hablan de formas más o menos diferentes de concebir la cultura. Pero sobre todo hablan de la manera de resolver aquellas tensiones entre lo central y lo periférico: Córdoba (o por lo menos su gobierno actual), con su orgulloso localismo, nunca termina de poner sus reglas de juego propias y termina silenciando una y otra vez la producción de sentido en estos despliegues de alto gasto público que no generan ningún beneficio en la vida comunitaria.
¿Se puede pedir más?
Me parece que sí.

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