
Todo esa valentía que pide un viaje, todo el desprendimiento de lo que hace que un lugar sea nuestra casa, y la disposición a atravesar pequeños inconvenientes y dificultades, esa comprensión súbita de la esencia de lo portátil, que se va refinando con cada traslado y cada cambio de paisaje hasta volverse un arte, hacia el final de la experiencia parece desaparecer. Primero viene un momento de síntesis, de descarte doloroso de souvenires y signos del recorrido, mientras se arma el equipaje de vuelta. Clasificación en grados de prescindibilidad, orden, limpieza y represión del instinto lauchero. Luego queda un tesoro comprimido, como el extracto de un perfume. Y ahí empieza un pequeño calvario en el que, de repente, la sola idea de extraviar ese miniuniverso, instila una especie de pesadilla en la vuelta, haciéndola larga, tortuosa, extenuante. Si algo, algo llega a sucederle a esa valija, voy a encontrar al dueño de la aerolínea y le quemo una pila de gomas en la puerta de la casa. Queremos consolarnos diciendo que la experiencia es portátil, no ocupa lugar, y es el mayor tesoro que traemos del periplo. Pero no: por más convincente que sea el tono de voz usado, no nos creemos.