Con lo mal llevados que somos los argentinos, sobre todo cuando vivimos en Buenos Aires y nos acostumbramos a expresar más abiertamente nuestro enojo y malestar, a protestar y maldecir a desconocidos por la calle y todo eso que nos sale tan fluidamente, se me ha hecho muy difícil interpretar y descubrir el no detrás de la amabilidad mexicana. Después de un mes estoy tentada a pensar que una de las formas de declinar un encuentro es posponerlo. La frase que más he escuchado para eso es “la próxima semana”. Hoy, después de atravesar la dosis diaria de próxima-semana perdí un poco la paciencia y dije un par de cosas desubicadas al teléfono. A lo que siguió otra ronda de preguntas de esas que no sirven para nada más que para el desasosiego (como: qué hago acá; para qué vine; por qué es tan difícil trabajar y encontrarse con las personas en México, etc.). Pero lo que me alegra es que encontré una cura rápida para el bajón: la sopa de lima que hacen en un comedero yucateco que me queda a la vuelta. El lugar es un rincón bellísimo escondido en un segundo piso, con cantantes en vivo y unos mozos que usan redecillas en el pelo. Me hizo bien.
Después, dado que la jornada estaba perdida, me fui a caminar por unos lugares del centro que aún no había visto. Pasé a ver los murales de Diego Rivera en la Secretaría de Educación Pública, que queda en la calle Argentina –sigo nostálgica- y me quedé pasmada de su belleza. Seguí y seguí, pasé por la plaza Garibaldi, donde un puñado de mariachis persiguen a los autos para cantarles, y por último encontré dos cosas que guardé en mi morral con avidez de cazadora: el librito Instrucciones para vivir en México, de Jorge Ibargüengoitia y “Salvando al soldado Pérez”, una peli de la que supe, curiosamente, en mi viaje anterior al DF hace tres años porque me llevaron a la fiesta de final de rodaje. Íbamos con la coach de árabe para los actores, pues la historia trata de un soldado mexicano que va a buscar a su hermano hasta Irak, en plena guerra. Siempre recuerdo que en esa fiesta vi a un grupo de gente bailar, en geométrica y perfecta coreografía, una canción que es el epítome de la música country, y fue muy parecido a esto: