La fábrica de cosechadoras tenía un pequeño avión, que iba cambiando cada algunos años (el primero era de tela enresinada) desde la épocas en que no había asfalto y volar era la única manera de llegar con los técnicos y los repuestos urgentes a los lugares donde las máquinas se rompían, en plena cosecha. Mi abuelo y luego mi padre también, manejaban un Piper Cherokee, que se llamaba Lima Hotel November.
Ellos aprendieron en el aeroclub de Marcos Juárez, como todos los pilotos de la zona, y tenían historias maravillosas de tormentas, aterrizajes forzosos en campos sembrados, y episodios de camaradería que habían llevado a la fundación, en Noetinger, de un pequeño aeroclub que ya no existe. También había historias macabras de pilotos que se envenenaban con los muchos agroquímicos que se usaban antes del roundup. Ahora queda un pequeño hangar, con su pista, en un camino de tierra paralelo a la ruta. Hoy pasé en bici, y pude recordar el olor de la nafta, el olor a polvo y a lona dentro de la cabina, el olor del ¿ozono?, la adrenalina de ver arrancar la hélice, de correr por la pista y despegar del campo hecho patchwork debajo de nuestros pies de niños –cuando después de mucho ruego nos dejaban colar- el golpeteo del aire en la panza del avión, el sonido de la radio, crepitando agudo contra el ruido del motor, las sensaciones en las tripas cuando había una caída de altura, las miniaturas como la pileta del club, casas, autos y la fábrica misma, juguetitos en ese paño liso.