Este martes 27 de enero murió John Updike.
La pena que podemos llegar a sentir por la muerte de alguien tan lejano siempre me maravilla, porque pienso que allí hay un signo evidente de nuestra relación con lo publicado_ algo parecido pensé en un colectivo que cruzaba las sierras la mañana en que murió Sokol y la radio le hacía un homenaje sostenido, que para los parroquianos de la línea Sarmiento debe haber sido un poco absurdo_ algunas personas se vuelven parte de nuestros afectos sólo porque hemos oído su voz durante mucho tiempo, y no importa que esto no sea recíproco.
No pude leer su saga de los Conejos, me cayó en las manos cuando aún no estaba lista. Pero sus cuentos me enseñaron mucho de lo que sé sobre el Imperio y, más importante, me ayudaron a entender que la decadencia engendra una belleza sutil, concentrada.
También pensé bastante en Updike cuando Obama apareció en el horizonte, porque recordé una carta a sus nietos que se publicó en algún diario hace varios años: allí el escritor les dejaba un mensaje para más adelante, para cuando esos niños, que eran hijos de su hijo y de una mujer negra, fueran adultos. Y él les decía algo así:
La prueba de que nuestra sociedad aún debe lidiar con su propio racismo es que ni en el cine ni en la literatura existen aún ejemplos de historias de amor interétnicas (el no usaba jamás la palabra raza, por supuesto) con final feliz. Pero debemos escribir esos finales nosotros.
Me alegra que haya llegado a ver el juramento de Obama, hijo de una historia con final feliz, como sus nietos. Me alegra, y no por Obama, ni por la suerte del Imperio que en los últimos ocho mostró su cara más horrenda, sino sólo por la fe clarividente de Updike en la ficción como alimento de la vida.