El local es oscuro y tufiento, lleno de torres de plástico, y cajas brillosas, y estanterías de vidrio fuera de escuadra.
He peregrinado hasta él, a través de una cadena telefónica de amigos y conocidos.
Me atiende un hombre con una expresión entre fatigada, chinchuda e impaciente.
Le digo (¿por qué le digo lo obvio?) que lo que tengo adentro de esa máquina es valioso para mí.
Se alza de hombros.
Me voy, con una vaga promesa de que puede estar todo listo en el curso de la semana.
Mientras camino por la mañana húmeda de Caballito, me voy preguntando:
¿qué son esos hombres de quienes dependemos tan irremediablemente: artesanos? científicos? adivinos? obreros?
y, ¿de qué están hechos?