Están pasando “Historias extraordinarias” en la tele, por fin. Cuando la vi en el malba, el esfuerzo de estar sentada cuatro horas seguidas me hizo creer que sería mejor verla en formato miniserie, pero ahora me doy cuenta de que en el cine la historia se volvía realmente más extraordinaria. En el monitor, en el living, el audio me acompaña si me levanto a hacer un mate, o a lavar ropa. Escucho la voz en off como si fuera una radionovela. Todo se miniaturiza un poco: un espionaje de medio pelo, un capitalismo con fisuras, que dejan escapar a sus personajes, que les permiten inmovilizarse por un largo rato, en un bote o en un hotel de una ciudad de la llanura bonaerense. Las tres formas de ver esta peli (cine, tv, radio) multiplican la obra por tres. Quiero decir: me volvió a gustar, pero de otra manera.