18.4.10

Caro diario

Estas últimas semanas no he podido visitarte, pero espero que me comprendas: han sido días muy agitados, querido Diario. Tu ya sabes que desde este verano, por culpa de Bruno Latour, me he vuelto algo desconfiada de las palabras, y de la vieja idea de que todo es lenguaje. Pero, querido diario, tampoco hay que irse a los extremos. Más precisamente, como decían los Estelares: "hay veces, las palabras, prefiero usarlas bien."
Muchas imágenes nuevas y muchas experiencias han pasado por mi mente y ojos, querido diario. Tuve un par de openins, plenos de emociones variadas; un premio literario inesperado, un trabajo nuevo (donde me dicen profesora, habráse visto), un viaje raro a mi antigua ciudad, y esta semana fui a ver la última obra de Mariana Chaud, en la sala Cunill Cabanellas (¿Cunill querrá decir conejo?) y me reí muchísimo, y al final me dieron algunas ganas de llorar también, y salí muy contenta al aire sabroso de Corrientes, bajo los tubos fluorescentes de la marquesina provisoria del Sanmar.
He pensado mucho en la amistad, en la colaboración, y en la competencia entre las personas. He tratado de saber si todo ello está condicionado por el género, pero me resulta muy difícil comprobarlo, querido Diario. Por el momento nos podemos quedar con una pequeña conclusión de aroma budista: cuando una persona hace daño, su ignorancia no le disculpa. El daño es el daño. Lo mismo pasa con los gestos de amor, de compasión y de bondad: aunque no se reconozcan como tales, están allí, muy vivos, muy ciertos, querido Diario, haciendo una diferencia en el paisaje.

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