Algunos viajes nacen bien paridos, eso lo sé después de muchos años de Ruta 9, arriba y abajo, y se siente desde la primera pisada.
Ya el viaje a Retiro puede darme una pauta, y en este caso todo fue divertido y amable, incluyendo la parada en Rosario, donde me bajé a comprar un café y la chica de la caja era una amiga de las épocas en que pasaba las vacaciones con mis abuelos entrerrianos. Hacía unos 15 o 16 años que no la veía. "Estás igual, guacha, i-gual". Ejem.
La ruta, de día, es menos terrorífica, y en el colectivo lechero que para en Leones no pasan ni siquiera películas. Cuando atravesamos la provincia de Santa Fe y empiezan a desfilar los nombres como en un rezo, ya el cuerpo se me va acomodando distinto: Carcarañá, Cañada de Gómez, Armstrong (mi otro abuelo nació ahí, pero jamás entré a la ciudad), y ya estamos a un paso de entrar a la provincia de Córdoba; en Tortugas ya se arrima General Roca, Marcos Juárez, el campo se va poniendo más áspero, menos verde, las bolsitas de plástico brillan como pedazos de mica en el sol de la tarde, y a los costados se ven negocios de máquinas. Pasando la fila de eucaliptus me paro, agarro mis cosas y en un minuto, el más largo de todos, estoy en Leones.
Aún falta el trecho de 30 km hasta Noetinger, que es el más solitario, pero también el que más me gusta, porque el sol a esa hora ya pega de costado, y las filas de árboles cortan apenitas un horizonte infiniiiiiiiito.
Hoy, casi de casualidad, me pasó algo que he deseado mucho tiempo: me tomé un café en el Club Progreso, acto reservado de manera unívoca y excluyente a la población masculina del pueblo. Del mundo, bah.
Estaba en lo de mi Tía Gorda, que se quedó sin cigarrillos, y me mandó a comprarle sus Jockey. Entonces crucé la calle, saludé a José que tiene la concesión del bar desde hace varios años, y de pasada le dije a mi vecino "cómo le va, paisano". Parece que ése fue mi abracadabra, porque Don Mustafá, el único musulmán de toda la zona, me invitó con un cortado.
Me preguntó cosas, me contó otras, me dijo que cuando iba a Buenos Aires, hace muchos años, hacía todo caminando, pero que acá no, acá todo en auto, aunque ya pronto va a dejar de manejar, por la edad. El olor del aire en el club es éste, desde que recuerdo: café. Pero, ojo, no es sólo por la máquina; es que limpian el piso con la borra sobrante. Entonces es un aroma que se ha pegado a las paredes, aunque cada tanto las repinten, rojo y blanco.
Ahora la cancha de pelota-paleta tiene un vidrio enorme que da a la sala de pool, así que se puede ver a los jugadores. Cuando yo iba, no, era un espacio angosto, cerrado y alto como una catedral, donde la pelota hacía un sonido grave, ondulante, que se mezclaba con el ruido de las palomas que vivían bajo el techo de chapa, y que a veces hacían pasadas rasantes por abajo. Plumas y ese canto siniestro, de ciprés de cementerio.
Aquellas tardes autistas son para otra historia; ahora quería anotar esto rápido, antes de olvidarme: me tomé un café en el Club, por fin.