A lo largo del próximo texto no habrá ninguna idea propia. Las fuentes ya no sé cuáles son, tampoco. Pero se trata de un extracto, casi un aforismo, de un grupo de ideas que me importan mucho, muy mucho.
La pulsión del inventario es un hilo que recorre todo el arte del siglo veinte, con su familia, allegados, simpatizantes, y ramificaciones que llegan hasta acá. Esta familia intenta pormenorizar exhaustivamente los detalles de una lista infinita; en estos locos intentos, de lo que se trata en realidad es de congelar un momento del inventario, para hacerlo finito. Por eso el inventario es una protesta contra la rapidez de los cambios, del cambio. Por ejemplo, se han hecho listas de:
Canciones
Lugares
Recuerdos
Amantes
Números
Regalos
Nombres
Boletos de tren
Cuadrados blancos
Cuadrados blancos sobre blanco
Rayas
Calles
Fábricas
Piedras
Mariposas
Fotos
Etc.
Bien, le pongo un etc. holgazán porque el etc. es el dique de la lista exhaustiva (y esto lo dice Perec, ahí estoy segura, sólo que él dice enemigo, yo prefiero dique).
La cuestión es que quien hace el inventario suele estar tratando de acorralar, definir, circunscribir un volumen de cosas de tamaño inconmensurable. Y quizás sea porque es una empresa condenada al fracaso, por naturaleza, que los inventarios terminan siendo gestos tan sentimentales.