Los días, al principio cuesta ajustarse a ellos.
Al principio, todas las actividades, las tareas de una lista, se amontonan arrugadas en un sólo borde de la mañana y procrean, a su vez, brotes de otros deberes (así es el capitalismo, ¿no es verdad?) que van aturdiendo el resto de día, enredaderas de boludeces que cubren todo.
Pero de a poco, y no tan de a poco, cada acción empieza a expandirse, se explaya en los fragmentos de la jornada hasta que, muy acomodadas, muy respiradas, muy a su gusto, ritmo y tamaño, las cosas se hacen.
Se hacen, es verdad, pero de a una por vez.
Al principio, todas las actividades, las tareas de una lista, se amontonan arrugadas en un sólo borde de la mañana y procrean, a su vez, brotes de otros deberes (así es el capitalismo, ¿no es verdad?) que van aturdiendo el resto de día, enredaderas de boludeces que cubren todo.
Pero de a poco, y no tan de a poco, cada acción empieza a expandirse, se explaya en los fragmentos de la jornada hasta que, muy acomodadas, muy respiradas, muy a su gusto, ritmo y tamaño, las cosas se hacen.
Se hacen, es verdad, pero de a una por vez.