4.11.09

portátil

Y así, de un momento al otro, después de unos meses parejamente áridos, sin que las condiciones hubiéranse modificado en el más mínimo detalle visible, le embargó un apacible sentimiento de felicidad.

Esto me contó: esa noche habían atravesado la ciudad en varias direcciones; tratando de llegar a un evento inclasificable, atravesaron el lujoso barrio del puerto, llegaron a la Avenida de los Italianos, se toparon con unas calles muy oscuras que obstaculizaban el avance, le pidieron ayuda a un taxista que hizo todo lo posible por perderlos aún más; llegaron a la vieja cervecería Munich, permanecieron en esta desangelada reunión, comiendo ceviche en vaso, bebiendo todo lo que llegaron a pedir, luego partieron. Como después siguió una noche agitada, y luego vino el fin de semana, y después la semana, plagada de accidentes, el momento en cuestión quedó un poco abollado en el conjunto. Hasta que esa mañana pudo reparar en las imágenes que habían quedado echando unas raicitas débiles al principio, pero muy tozudas. La escena era ésta: en un tramo de la avenida paralela a la Costanera Sur, el viento agitaba furiosamente las hojas de los eucaliptus y las nubes rosadas de la noche. Fuera de ese mínimo resplandor y de los faroles de unos autos, casi no había luz. El olor del rio se sentía bien intenso. Y en esa oscuridad casi completa, el menudo grupo de caminantes pasó junto a dos siluetas muy altas. Cuando el taxi alumbró las figuras, vieron a dos travestis imponentes, de tacos, voladitos en el pecho, y por toda falda unas tangas. Ah, sí, pensó, esta ciudad tiene postales escondidas en cada pliegue.

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