13.8.09

cómo es cada vez. Primero da fiaca ponerse pulloveres, pero al rato nos acostumbramos a esa sordina de fieltro que el invierno nos regala. Al cabo de algo menos que tres meses, cuando el alma ya se acomodó a tanta intimidad, hay que reconciliarse nuevamente con las ventanas abiertas, los ruidos del patio de los vecinos, el color cambiante del cielo, la dirección progresivamente vertical de los rayos del sol, la euforia de la primavera y toda la vida que se hace más externa. Este año el árbol de enfrente tiene nuevos visitantes: una patota de loros... merqueros?



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