10.12.08

drimi

Soñé que me despertaba en una casa que no conozco.
La iba recorriendo, había una luz asordinada por muchas cosas, cortinas, una alfombra oscura. Había muchos libros, muchos discos, muchas máquinas, una cafetera. En la cocina había café servido en dos tazas. El hombre que aparecía luego era alto, tenía una remera blanca muy finita, de algodón gastado. Al abrazarlo sentía, contradictoriamente, costillas, huesos y carne.
Para salir a la calle él me prestaba una pollera. La pollera era larga, más larga que mis piernas, pero elástica. Al caminar la iba pisando y tenía la sensación de estar saltando sobre una superficie de goma, suave, que se estiraba.
Una vez en el pasillo quise reconocer de qué puerta había salido pero eran todas iguales. Me daba bronca no saber la dirección, y de repente el edificio se iba llenando de puertas de vidrio. El espacio central parecía un correo, un aeropuerto, un shopping, el patio de una escuela, todo a la vez. El edificio, en realidad, me resulta conocido de otros sueños (lo voy visitando por capítulos y en el anterior había tomado el ascensor; esta vez fue la escalera).
Ya en la calle, de mañana, la gente caminaba apurada al lado mío, y yo estaba quieta. Entonces noté un papel en las manos. Al desdoblarlo aparecía la dirección exacta y el número de apartamento, como estampado en el centro del pliegue. Y, casi a punto de caer, las mismas letras y números en figuras caligráficas, delgadas, creo que eran hilos de chocolate.

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