2.10.08

hábitos






El sábado me subí al colectivo que me llevaba a Entre Ríos. Dormí o me desmayé, no sé, oía a lo lejos sólo las balas de la película, la cosa es que en vez de bajarme en Diamante me bajé en el siguiente pueblo, oficialmente llamado Villa del Libertador, pero para los lugareños Puigari. Un pueblo de adventistas, todos médicos en general, muchos norteamericanos, que trabajan en el centro médico de alta tecnología, universidad y la célebre clínica de desintoxicación. Por ser sábado estaba todo cerrado, la gente sentada en la plaza frente a la terminal a la hora de la siesta (se ve que ahí el hábito no se cultiva), todo ascéptico, tranquilo, geométrico. Y un grupo de personas esperaba un colectivo tocando una canción con sus flautas dulces. Una canción que ahora no recuerdo qué era, pero sí que era fea.
Era como haber bajado en una sitcom ñoña: Everwoods, o el 7mo Cielo o, por qué no, la Tribu de los Brady.
La sequía le daba un aspecto texano al paisaje usualmente verde.

Cuando nos íbamos, ver un poquito de basura por la ruta me dio alivio, qué se yo, sí.












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